Llego de Uruguay con un sueño insoportable. Me clavé un dramamine entero antes de subir al barco ya que a la ida se movió zarpado y la sufrimos un poco. Precavida tomé la pastillita mágica, media hora antes de partir de regreso.
Una vez en el barco no me mareé ni a gancho. Tocamos la guitarra con juchi en la parte de arriba donde la gente sale a fumar y a ver el agua y sentir el viento en la cara y me acordé de la siguiente escena:
- Calafate, último día de viaje con Feli, Dami y Lio por el sur del sur. El pasaje de micro salía 340 pesos y el de avión 350. El micro tardaba 48 hs en llegar, el avión sólo 2 horas. Ni lo dudamos.
(Me encanta viajar y todo lo que eso implica, pero suelo marearme zarpado en los aviones, en los barcos y en algunos micros... ésto no suele ser un impedimento para que siga viajando... pero digamos que no es una fiesta lo que sucede... sino sería algo así como lo que pasa generalmente después de una fiesta, cuando uno quiebra después de un terrible pedo. Pero sin fiesta, sin alcohol... simplemente el vómito incontrolable.
En el avión de México vomité también, volviendo. Habíamos ido al Café Tacuba, a tomar unas cocas y comer unos nachos con guacamole y se ve que me cayeron muy mal porque tuve que usar las bolsitas esas de papel por primera vez en mi vida. Igual emboqué re bien, y al rato fue como si nada hubiese pasado, un tipo tatuado me ofreció unos chicles calmantes o algo así y dormí el resto del viaje hasta la escala en Perú)
Pero lo que venía a contar es que en Calafate, me tomé un dramamine antes del vuelo y el vuelo se atrasó y el dramamine hizo efecto y me quedé dormida en el piso del aeropuerto (hipercheto, por cierto) y no recuerdo bien cómo es que abordamos, ni nada concreto del viaje. Impresentable.
Eso era todo, les mando un beso.
sábado, 6 de febrero de 2010
jueves, 4 de febrero de 2010
Una de las pocas partes del libro que me gustó. Murakami sos medio insoportable a veces
- ¿Puedo hacerte una pregunta?
- Adelante
- ¿Esta melodía tiene alguna relación contigo? -me preguntó-. Tengo la impresión de que, siempre que estás aquí, la tocan. ¿Es una costumbre o algo así?
- No, no exactamente. Lo hacen por simple amabilidad. Ellos saben que me gusta. Así que, cuando vengo, siempre la tocan.
- Es una melodía preciosa.
Asentí.
- Es muy bonita, sí. Pero no es sólo eso. También es una melodía muy compleja. Al oírla muchas veces te das cuenta. No la puede tocar cualquiera. Ellington y Strayhorn la compusieron hace mucho tiempo. En 1957.
- Star-Crossed Lovers -dijo Shimamoto- ¿Sabes lo que quiere decir?
- Habla de unos amantes que nacieron bajo el signo de la fatalidad. Amantes desdichados. Eso es lo que significa en inglés. Se refiere a Romeo y Julieta. Ellington y Strayhorn compusieron la suite que incluye esta interpretación original, el saxo alyo de Johnny Hodges hacía de Julieta y el saxo tenor de Paul Gonsalves, de Romeo.
- Adelante
- ¿Esta melodía tiene alguna relación contigo? -me preguntó-. Tengo la impresión de que, siempre que estás aquí, la tocan. ¿Es una costumbre o algo así?
- No, no exactamente. Lo hacen por simple amabilidad. Ellos saben que me gusta. Así que, cuando vengo, siempre la tocan.
- Es una melodía preciosa.
Asentí.
- Es muy bonita, sí. Pero no es sólo eso. También es una melodía muy compleja. Al oírla muchas veces te das cuenta. No la puede tocar cualquiera. Ellington y Strayhorn la compusieron hace mucho tiempo. En 1957.
- Star-Crossed Lovers -dijo Shimamoto- ¿Sabes lo que quiere decir?
- Habla de unos amantes que nacieron bajo el signo de la fatalidad. Amantes desdichados. Eso es lo que significa en inglés. Se refiere a Romeo y Julieta. Ellington y Strayhorn compusieron la suite que incluye esta interpretación original, el saxo alyo de Johnny Hodges hacía de Julieta y el saxo tenor de Paul Gonsalves, de Romeo.
(Fragmento de "Al sur de la frontera, al oeste del sol" de Haruki Murakami... el título es más lindo que el libro entero en mi opinión... le falta el factor Murakami de gatos que hablan, explosiones nucleares, mujeres dementes por completo o portales locos que hay que cerrar para seguir viviendo)
martes, 2 de febrero de 2010
Curiosidades
Al final, Pedro Lemebel, el travesti chileno que me acompaño con su libro "Tengo miedo, torero" fue lo mejor que me pudo haber pasado. Y le agradezco infinitamente a mi compañera pedagógica Dani por haberme prestado el libro. Y de los otros qué decir...
Kerouac me resultó lejano con su New York llena de personajes "subterráneos" estando tan acá, en esta superficie divina, en la puesta del sol en el mar, en la historia de disputa entre españoles y portugueses, entre los detalles mínimos y necesarios de este lugar...
Baricco con su "City" no me terminó de convencer... mucho superheroe y llamadas telefónicas, al menos al principio.
Y encontré revolviendo un poco el Patas Arriba de Galeano, que leí por arriba y entrecortadamente hace un tiempo, y que trajo Juli en un rapto de genialidad. Seguimos hurgando en las venas de latinoamérica, leyendo sobre Chiapas y sobre esa partecita de los chilenos que no quería a Pinochet. Así andamos, movilizados, les voy comunicando pa que no se asusten al regreso.
Verdades uruguayas
El miedo global
Los que trabajan tienen miedo de perder el trabajo.
Los que no trabajan tienen miedo de no encontrar nunca trabajo.
Quien no tiene miedo al hambre, tiene miedo a la comida.
Los automovilistas tienen miedo de caminar y los peatones tienen miedo de ser atropellados.
La democracia tiene miedo de recordar y el lenguaje miedo de decir.
Los civiles tienen miedo a los militares, los militares tienen miedo a la falta de armas, las armas tienen miedo a la falta de guerras.
Es el tiempo del miedo.
Miedo de la mujer a la violencia del hombre y miedo del hombre a la mujer sin miedo.
Miedo a los ladrones, miedo a la policía.
Miedo a la puerta sin cerradura, al tiempo sin relojes, al niño sin televisión, miedo a la noche sin pastillas para dormir y miedo al día sin pastillas para despertar.
Miedo a la multitud, miedo a la soledad, miedo a lo que fue y a lo que puede ser, miedo de morir, miedo de vivir
Este texto se encuentra en el recomendable libro de Eduardo Galeano, Patas Arriba
Los que trabajan tienen miedo de perder el trabajo.
Los que no trabajan tienen miedo de no encontrar nunca trabajo.
Quien no tiene miedo al hambre, tiene miedo a la comida.
Los automovilistas tienen miedo de caminar y los peatones tienen miedo de ser atropellados.
La democracia tiene miedo de recordar y el lenguaje miedo de decir.
Los civiles tienen miedo a los militares, los militares tienen miedo a la falta de armas, las armas tienen miedo a la falta de guerras.
Es el tiempo del miedo.
Miedo de la mujer a la violencia del hombre y miedo del hombre a la mujer sin miedo.
Miedo a los ladrones, miedo a la policía.
Miedo a la puerta sin cerradura, al tiempo sin relojes, al niño sin televisión, miedo a la noche sin pastillas para dormir y miedo al día sin pastillas para despertar.
Miedo a la multitud, miedo a la soledad, miedo a lo que fue y a lo que puede ser, miedo de morir, miedo de vivir
Este texto se encuentra en el recomendable libro de Eduardo Galeano, Patas Arriba
La última de Lemebel, posta
¿Cómo se mira algo que nunca más se va a ver? ¿Cómo se puede olvidar aquello que nunca se ha tenido? Tan simple como eso. Tan sencillo como querer ver a Carlos una vez más cruzando la calle sonriéndole desde allá abajo. La vida era tan simple y tan estúpida al mismo tiempo. Ese panel de ciudad en ciento ochenta grados, era la escenografía en cinerama para un necio final. Cómo le hubiera gustado llorar en ese momento, sentir el celofán tibio de las lágrimas en un velo sucio cayendo como un blando y lluvioso telón sobre la ciudad también sucia. Cómo le hubiera gustado que toda su enjaulada pena rodara fuera de ella en al menos una gota de amargura. Sería más fácil partir, dejando quizás un pequeño charco de llanto, una mínima poza de aguada tristeza que ninguna CNI pudiera identificar. Porque las lágrimas de las locas no tenían identificación, ni color, ni sabor, ni regaban ningún jardín de ilusiones. Las lágrimas de una loca huacha como ella, nunca verían la luz, nunca serían mundos húmedos que recogieran pañuelos secantes de páginas literarias. Las lágrimas de las locas siempre parecían fingidas, lágrimas de utilería, llanto de payasos, lágrimas crespas, actuadas por la cosmética de la chiflada emoción. La ciudad a sus pies, aclaraba relumbrona en los pespuntes del tímido sol. Esa malla de oro se iba esparciendo por el oleaje de techumbres careadas de miseria, la lluvia del reciente invierno había lavado las superficies de zinc, donde reflugía ese oreado calor. Desde arriba divisió el auto al doblar la esquina y luego detenerse sin ruido frente a la casa. Es hora de partir nena, se recitó a sí mismo, tirándole un beso al ayer que evaporaba su adiós en el herido remanso del amor viejo.
Otra de Lemebel
¿Y tú conoces quien fue el Che Guevara? Un bombonazo de hombre, una maravilla de hombre con esos ojos, con esa barba, con esa sonrisa. ¿Y que más? ¿Y te parece poco? ¿Y no te interesa saber cuál era su sueño de mundo? ¿Qué pensaba? ¿Por qué le entregó su vida a la causa de los pobres? Sería tan romántico y valiente como tu? Me halaga usted princesa, se sonrojó Carlos, pero yo estoy muy lejos de esa enrome figura. Ni tanto, tu eres regio y sólo te falta la barba. ¿Por qué no te dejas barba Carlitos? ¿Por qué crees tu? Te cacharían altiro y morirías como el Che ¿y usted derramaría alguna lágrima por mi princesa? Una sola, nada más que una, pequeñita, pequeñita como una perla amarga que se quedo sin mar. ¿Nunca has pensado escribir?, tú hablas poesía. ¿Lo sabes? A casi todas las locas enamoradas les florece la voz, pero de ahí a ser escritora, hay un abismo, porque yo apenas llegué a tercera preparatoria, nunca he leído libros, y ni conozco la universidad. En todo caso, me gustaría haber sido cantante, haber escrito canciones y cantarlas, que es lo mismo que ser escritor. ¿No cree usted señor cochero? Puede ser princesa, que su canto sea poesía pura, como los pájaros que tampoco han ido a la universidad. Los maricones pobres nunca van a la universidad lindo. Pero yo conozco muchos homosexuales que estudian en la universidad. ¿Y se les nota? ¿Son locas fuertes como yo, por ejemplo? Carlos desvió los ojos de la ruta para mirarla, un reflejo otoñal delineaba su perfil mariposón tornado por los años. Nadie se le compara princesa, usted es irrepetible. Sus halagos me conmueven señor cochero, pero no se distraiga del camino, yo no le he dado tanta confianza para que me seduzca así. Usted no puede faltarme el respeto y menos mirarme con esos ojos de… ¿de qué princesa? Devoradores, deslumbrantes en la brasa oscura de su impertinencia. Y allí soltaron la risa, y ahí rieron a más no poder, como si sus corazones salpicaran juntos el arrebato pendejo de un errante frenesí. Qué le importaba a ella lo que pasara, qué le importaría llorar el después, si en ese momento podría morir de sólo mirarlo, de sólo sentir su mano amarrándole los hombros con el cariño cotorro de su abrazo. El mañana quedaba atrás en el soplido del vehículo en marcha. El mañana lo soñaban ellos, viajando unidos en los ecos de esas risas, en la reiteración fílmica de la ciudad que estenografiaba pardusca el tránsito sin futuro de ese destino. El auto-cupido, cruzando las calles, era una flecha vegetal en el verde pestañeo de los semáforos, el auto-nido volaba culebreando obstáculos en el alquitrán transpirado del asfalto, el auto-pájaro, galopando aéreo, temblaba agitado en las manos nudosas, varoniles de Carlos al volante.
Tengo miedo, torero
¿Quieres que te cuente algo de lo que te puedo contar?, porque es injusto que habiéndonos ayudado, sepas tan poco. Mira, siéntate, conversemos. Yo no me llamo Carlos. Ya lo sé, dijo ella sacando el carnet de identidad que había guardado días atrás. ¿Dónde lo encontraste?, estaba súper urgido. No te preocupes, lo encontré debajo de ese asiento y ni siquiera he mirado el nombre. ¿Quieres mirarlo ahora? O ¿quieres que te lo diga? Aunque yo prefiero, por seguridad, que me conozcas por Carlos que es mi chapa. ¿Y que es eso de chapa? Algo así como un apodo, un seudónimo. Cuando yo hacia show travesti usaba seudónimo, nombre de fantasía le dicen los colas. ¿Y cual era tu nombre de travesti? ¿Y por que te lo voy a decir si tú no me dices el tuyo? Esto es otra cosa mariposa, rió Carlos guardando el carnet, es político, es otro nombre para actuar en la clandestinidad. ¡Ay, Carlos! (con infantil timidez), esas palabras me asustan, se parecen a las que repiten las noticias de la Radio Cooperativa (mirándolo con miedo cinematográfico) ¿No me vas a decir que tu eres del Frente Patriótico Manuel Rodríguez? A estas alturas, murmuro Carlos, “somos”. Se parece a una canción: “somos un sueño imposible que busca la noche”. Tienes razón, pero lo que nosotros buscamos no es la noche, es el día, el amanecer de la larga oscuridad que vive este país. Otra vez te pusiste serio, chicharreó ella como una niña, enroscándose el dedo en una cinta de tul. Es muy serio, más de lo que tú crees, por eso yo prefiero que sepas lo justo. Y si algún día nos tenemos que comunicar en la clandestinidad vamos a usar una contraseña, una palabra, una frase secreta que solamente conozcamos los dos ¿Qué te parece? Me encantó (ella tenía las mejillas como duraznos al sol), ¿y puede ser una canción? No se usa mucho, pero si tú quieres, no deben ser más de tres palabras. Ya la tengo, la encontré. ¿Quieres que te la escriba? Nunca, jamás, rugió Carlos con lúdica ternura. Una contraseña nunca se escribe, hay que aprendérselas de memoria. Entonces te la digo al oído. Carlos acercó su mejilla sin afeitar a la boca picaflora que lentamente le sopló los vahos cupleteros de aquel nombre.
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