martes, 2 de febrero de 2010

Otra de Lemebel

¿Y tú conoces quien fue el Che Guevara? Un bombonazo de hombre, una maravilla de hombre con esos ojos, con esa barba, con esa sonrisa. ¿Y que más? ¿Y te parece poco? ¿Y no te interesa saber cuál era su sueño de mundo? ¿Qué pensaba? ¿Por qué le entregó su vida a la causa de los pobres? Sería tan romántico y valiente como tu? Me halaga usted princesa, se sonrojó Carlos, pero yo estoy muy lejos de esa enrome figura. Ni tanto, tu eres regio y sólo te falta la barba. ¿Por qué no te dejas barba Carlitos? ¿Por qué crees tu? Te cacharían altiro y morirías como el Che ¿y usted derramaría alguna lágrima por mi princesa? Una sola, nada más que una, pequeñita, pequeñita como una perla amarga que se quedo sin mar. ¿Nunca has pensado escribir?, tú hablas poesía. ¿Lo sabes? A casi todas las locas enamoradas les florece la voz, pero de ahí a ser escritora, hay un abismo, porque yo apenas llegué a tercera preparatoria, nunca he leído libros, y ni conozco la universidad. En todo caso, me gustaría haber sido cantante, haber escrito canciones y cantarlas, que es lo mismo que ser escritor. ¿No cree usted señor cochero? Puede ser princesa, que su canto sea poesía pura, como los pájaros que tampoco han ido a la universidad. Los maricones pobres nunca van a la universidad lindo. Pero yo conozco muchos homosexuales que estudian en la universidad. ¿Y se les nota? ¿Son locas fuertes como yo, por ejemplo? Carlos desvió los ojos de la ruta para mirarla, un reflejo otoñal delineaba su perfil mariposón tornado por los años. Nadie se le compara princesa, usted es irrepetible. Sus halagos me conmueven señor cochero, pero no se distraiga del camino, yo no le he dado tanta confianza para que me seduzca así. Usted no puede faltarme el respeto y menos mirarme con esos ojos de… ¿de qué princesa? Devoradores, deslumbrantes en la brasa oscura de su impertinencia. Y allí soltaron la risa, y ahí rieron a más no poder, como si sus corazones salpicaran juntos el arrebato pendejo de un errante frenesí. Qué le importaba a ella lo que pasara, qué le importaría llorar el después, si en ese momento podría morir de sólo mirarlo, de sólo sentir su mano amarrándole los hombros con el cariño cotorro de su abrazo. El mañana quedaba atrás en el soplido del vehículo en marcha. El mañana lo soñaban ellos, viajando unidos en los ecos de esas risas, en la reiteración fílmica de la ciudad que estenografiaba pardusca el tránsito sin futuro de ese destino. El auto-cupido, cruzando las calles, era una flecha vegetal en el verde pestañeo de los semáforos, el auto-nido volaba culebreando obstáculos en el alquitrán transpirado del asfalto, el auto-pájaro, galopando aéreo, temblaba agitado en las manos nudosas, varoniles de Carlos al volante.

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