martes, 2 de febrero de 2010
Tengo miedo, torero
¿Quieres que te cuente algo de lo que te puedo contar?, porque es injusto que habiéndonos ayudado, sepas tan poco. Mira, siéntate, conversemos. Yo no me llamo Carlos. Ya lo sé, dijo ella sacando el carnet de identidad que había guardado días atrás. ¿Dónde lo encontraste?, estaba súper urgido. No te preocupes, lo encontré debajo de ese asiento y ni siquiera he mirado el nombre. ¿Quieres mirarlo ahora? O ¿quieres que te lo diga? Aunque yo prefiero, por seguridad, que me conozcas por Carlos que es mi chapa. ¿Y que es eso de chapa? Algo así como un apodo, un seudónimo. Cuando yo hacia show travesti usaba seudónimo, nombre de fantasía le dicen los colas. ¿Y cual era tu nombre de travesti? ¿Y por que te lo voy a decir si tú no me dices el tuyo? Esto es otra cosa mariposa, rió Carlos guardando el carnet, es político, es otro nombre para actuar en la clandestinidad. ¡Ay, Carlos! (con infantil timidez), esas palabras me asustan, se parecen a las que repiten las noticias de la Radio Cooperativa (mirándolo con miedo cinematográfico) ¿No me vas a decir que tu eres del Frente Patriótico Manuel Rodríguez? A estas alturas, murmuro Carlos, “somos”. Se parece a una canción: “somos un sueño imposible que busca la noche”. Tienes razón, pero lo que nosotros buscamos no es la noche, es el día, el amanecer de la larga oscuridad que vive este país. Otra vez te pusiste serio, chicharreó ella como una niña, enroscándose el dedo en una cinta de tul. Es muy serio, más de lo que tú crees, por eso yo prefiero que sepas lo justo. Y si algún día nos tenemos que comunicar en la clandestinidad vamos a usar una contraseña, una palabra, una frase secreta que solamente conozcamos los dos ¿Qué te parece? Me encantó (ella tenía las mejillas como duraznos al sol), ¿y puede ser una canción? No se usa mucho, pero si tú quieres, no deben ser más de tres palabras. Ya la tengo, la encontré. ¿Quieres que te la escriba? Nunca, jamás, rugió Carlos con lúdica ternura. Una contraseña nunca se escribe, hay que aprendérselas de memoria. Entonces te la digo al oído. Carlos acercó su mejilla sin afeitar a la boca picaflora que lentamente le sopló los vahos cupleteros de aquel nombre.
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