
(Primero leer primer parte acá)
Acá el carnaval es como que a todos les guste cumplir años y dé la casualidad que todos los cumplen la misma semana. Millones de bolivianas y bolivianos de festejo. Lo que era misera se transforma en alegría, abundancia, agradecimiento. Se baila hasta que sangran los pies, se toma hasta que sangra el vómito. Los niños/futuros guerrilleros organizan con una estrategia muy prolija la trayectoria de sus misiles/bombuchas de agua y el 95% de las veces dan en el blanco. Señoras, señores, niñas y niños con piloto de lluvia bajo un sol radiante a la espera de la lluvia plastificada, el bombardeo de colores que se avecina detrás de cada ochava.
Se baila como si nunca más se fuera a bailar y la chola más huraña se transforma y sonríe monstrando toditos sus dientes de oro. Las penas y los harpaos se dejan en casa y se sale con la mejor ropa a bailar por las calles.
Los músicos tocan por horas y horas. Las orquestas son como grandes máquinas con engranajes oxidados que se aceitan con cerveza, vino y singani.
La madretierra pachamama borracha de felicidad, regada de alcohol y tabaco, contenta porque todos la quieren y agradecen y valoran y no le quieren hacer el mal. El cielo se llena espumas Rey Momo, de humo de petardos, de papel picado.
Las casas incoloras, insulsas, se transforman de la noche a la mañana, se adornan y maquillan con guirnaldas, globos y serpentinas.
Hasta el viajero más experimentado se sorprende... En Bolivia nieva, sólo una vez al año con 30°C: en carnaval.

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